¿Montañas Asesinas?
Adolfo Dell’Orto Selman
Montañista
Instructor Escuela Nacional de Montaña
Con mucha frecuencia encontramos estos encabezados en los medios de comunicación cuando ocurre un accidente en montaña de consecuencias fatales. No hay que ser un genio: vende más. Pero las verdaderas razones distan mucho de estar encarnadas por malignos espíritus que controlan la voluntad del cerro y con ello el destino de los montañeros.
Las causas primera, segunda y tercera, se encuentran en acciones que diariamente cometemos en la vida de cualquier humanoide: los errores. Como cruzar la calle por donde no corresponde y no ver un camión tolva con doble acoplado acercarse.
Errar es humano, vale, pero hay instancias en que hay que reducirlos a cero. Y no es tan complejo. Ojo, no busco parecer general después de la batalla —donde somos campeones— , sólo ser justos con estas montañas “asesinas”.
El Nanga Parbat debe ser una de las montañas que más apodos luce: “Montaña del Diablo”, “Montaña Cruel”, “Montaña de los alemanes” (ya verán), ”Montaña Asesina” o la Tolkiniana “Montaña del Destino”. ¿Qué pudo haber hecho para merecer tantos nombres? De acuerdo, no es gratis, pero veamos por qué.
Las estadísticas no mienten, y éstas sitúan al Nanga como uno de los ochomiles más mortales. Precisemos: el segundo, tras el Annapurna, con 65 muertos, un 27% respecto a sus 240 cimas alcanzadas. Claro que sólo en 2 años —1934 y 1937— hubo 26 muertos, más de un tercio. Y fueron una sucesión de errores. Desde malas decisiones hasta el mismísimo orgullo patrio.
El Everest es quién ha cobrado la mayor cantidad de vidas —incluido un chileno—, pero es largamente el más visitado. Han fallecido cerca de 180 personas, pero es un porcentaje bajo respecto a sus casi 1.500 cimas alcanzadas, en contraste con el Annapurna —paradójicamente uno de los más bajos, con 8.091 mts—, tal vez el menos visitado, pero donde más del 40% ha pasado a mejor vida.
Volvamos al Nanga. El primer hombre en intentarlo —y a un ochomil, vean— fue el inglés Alfred Mummery, en 1895. Tras explorar la vertiente del Rupal, continuó hacia el Diamir. Allí —con 2 gurkhas— intentan el ascenso alcanzando los 6.000 metros, pero optan por descender bajo el glaciar superior, un verdadero corredor de avalanchas, donde una de ellas los aplasta.
Corría el año 1932 y tras esperar 3 décadas, el Nanga recibe nuevas visitas: los alemanes, ahora por la vertiente Rakhiot, con el régimen nazi detrás. ¿Nazis escalando? Nada de eso. Ya veremos.
Tras este fallido primer intento y, con el peso del nazismo en los hombros, se organiza una nueva expedición dos años después —el fatídico 1934— que reúne la élite del alpinismo alemán y austríaco, por la ruta escalada 2 años antes.
Durante el ascenso, fallece un miembro de edema pulmonar, pero deciden continuar tras 2 semanas de espera. De vuelta en la montaña, dos miembros alcanzan los 7.850 mts, pero bajan al campamento VIII (7.550) con el resto del equipo. Esa noche, una terrible tormenta de nieve monzónica los obliga a refugiarse más de 2 días. Tal vez por falta de alimentos, pero deciden bajar en medio de ella. Esta acción le arranca la vida a 3 escaladores y 7 porteadores. 10 personas fallecen perdidos en la tormenta.
La espantosa tragedia es un duro revés para el montañismo alemán, pero principalmente golpea el orgullo nazi, quienes, en lugar de aprender de los errores y con ello replantear sus objetivos, convierten el ascenso de la montaña en una cuestión de Estado.
Pasan 3 años y un nuevo equipo viaja al Nanga. Hitler, en una poco usual arenga, recomienda personalmente al jefe del equipo que deben “llegar a la cumbre o morir”. Y cómo obedecieron. La ruta es la misma: Rakhiot.
Julio de 1937, campamento IV, 6.180 metros: 7 alemanes y 9 porteadores duermen inocentemente. Desde el flanco norte, una gigantesca avalancha cae, sepultando a todo el equipo. 16 hombres pagan con su vida la mala elección del campamento. Es, hasta el día de hoy, la mayor tragedia en la historia de los ochomiles.
¿Dudas respecto al origen del nombre? Suena poco alentador, pero actualicémonos.
Tras la conquista de la cumbre del Nanga en 1953, por un austríaco*, los números se vuelven más amables, pues desde ese año a la fecha han fallecido casi el mismo número de escaladores que durante los años precedentes a la conquista de la cima. A partir de ese hito, el Nanga ocupa el sexto lugar en lista negra detrás del Manaslu y Dhaulagiri, y de las 3 bestias de los ochomiles: Annapurna, K2 y Kangchenjunga. Además, la ruta Kinshofer —escogida por la próxima expedición de la USACH—, es una de las más seguras de las existentes, registrando muy pocos casos fatales. El problema es que se “descubrió” recién en 1962.
Otra tragedia que bien vale recordar fue la ocurrida en el Everest, 1996, cuando varias expediciones comerciales guiaron a sus clientes-turistas hacia la cima. Muchos de ellos eran meros excursionistas, quienes llegaron a pagar 60.000 dólares por escalar, pero fueron sorprendidos por una fuerte tormenta, pereciendo 12 personas, incluyendo a 3 guías. La ambición de pararse en la más alta de las cumbres los cegó. ¿La montaña es la responsable?
Dos compatriotas han pagado el precio máximo en estos gigantes. Primero fue Víctor Hugo Trujillo, Everest 1996, de la expedición de la U. Católica, cuando cayó centenares de metros tras ceder una cornisa donde se erguía.
2001, una nueva tragedia enluta el deporte nacional: Claudio Gálvez, instructor de USACH, tras pisar la cumbre del Gasherbrum I y comenzar el descenso, resbaló sin lograr autodetenerse, cayendo más de mil metros.
Insisto: mi intención es entender por qué ocurren los accidentes y aprender de ellos para al menos tratar de no repetirlos a futuro. Y por qué no, hacer un poco de justicia con estos gigantes y mudos “asesinos”.
Las montañas carecen de facultad de matar; son los hombres los que van a morir a ella. Qué sencillo suena, pero cómo cuesta no olvidarlo.
*En la columna número 3, “Nanga Parbat, Memorias y Dificultades”, señalé erróneamente como de origen alemán al escalador Hermann Bühl, de nacionalidad austríaca.













Buena nota………entreternia